Llegas
tarde, el día de hoy mis minutos son más limitados que de costumbre. No pongas
esa cara, tú también vives con prisa, aquí es normal, aquí donde todos
pretendemos estar bien para después procrear ojeras con el insomnio mientras
peleamos con nuestros demonios.
Ahora calla y escucha con atención, te estoy
confesando lo que hice. Grábatelo. Si quieres escríbelo. Acúsame, yo ya cumplí
mi cometido.
Sé que el estrés es habitual en los estudiantes, y lo
detesto. Despertar todos los días con el único propósito de estudiar y trabajar
para pagar las deudas es deprimente. Surgen dudas, te preguntas si vale la pena
todo esto, los malos tratos, las patéticas propinas y nóminas de unos cuantos
centavos.
De cualquier manera, mantengo la calma, nunca pasa
nada. ¿No es así como funciona? ¿No es así como nos educan a todos? Darle la
cara hipócrita al mundo y seguir con la rutina. ¡Bah! Nadie puede vivir así por
siempre y no perder la cordura. Es sencillamente imposible, guardarse cosas por
tanto tiempo tiene consecuencias, empiezas a comportarte de manera poco común.
Pierdes la memoria y te ves rodeada de acontecimientos extraños.
Estoy perdiendo la cabeza. Hace años que no me sentía
así, desde que dejé de asistir a las citas con mi terapeuta y de tomar las
pastillas que me daba. No me juzgues, pero
cada que salía de ese consultorio me sentía más muerta que viva, como si se
burlara de mis problemas y se la pasara haciendo dibujos en su libreta. Según
él, sufría de algún extraño tipo de depresión, ¡me dijo enferma! No pensaba
pagarle a alguien para escuchar más insultos. De cualquier manera, no podía
costearlo, ni a él ni a sus estúpidas drogas.
No, no fue la ausencia de terapia lo que me hizo
reaccionar así, fue mi compañero de cuarto, él tenía la culpa; no me dejaba
dormir y mi compulsión por complacerlo me impedía enfrentarlo. Cobarde, sí, no
me jodas más tú también. Lo único que quería era que el estúpido dejara de
arrojarme su pútrido vaho a la cara con cada uno de sus gritos.
Más café, más café, más café. ¿Dónde está el mesero?
Por supuesto que con tanto ruido de tazas y platos y cuchillos no escuchará mis
reclamos. ¿Lo oyes? Es desesperante. Como la música que él escuchaba. Por ser
mujer me creía tonta y miedosa, por eso quise sorprenderlo.
Sí, lo maté ¿y qué? Tú hubieras hecho lo mismo, te lo
aseguro. Los tornillos se deslizan lentamente de la cabeza cuando intentas
terminar un ensayo de veinte páginas sobre política industrial y la única
inspiración que el mundo brinda es el gemido de la putita personal de ese
tarado. Era así todas las noches, llegaban de no sé qué lugar y follaban hasta
la madrugada mientras yo intentaba terminar la tarea.
Debiste ver su cara cuando el cianuro comenzó a hacer
efecto. Ah, ¿no te lo había dicho? Lo asesiné con cianuro, eso y más se
merecía. Y mi trabajo me costó conseguirlo, pero fui paciente y actué con
cautela. El laboratorio de la escuela, ésa fue la clave. Después de cierta hora
los guardias son más descuidados y, ya te imaginarás el resto de la historia.
¿Por qué me miras así? No te asustes. Era él el
problema. Punto. Basura humana, así de sencillo.
Regresemos al cianuro. Lo puse en su Coca-Cola, la que
siempre me pedía… No, mejor dicho, me exigía que le llevara mientras su trasero
reposaba cómodamente sobre el sillón que yo misma compré. Como fuera, decidí
acelerar el proceso. Puse más de la dosis que creía necesaria, por si acaso, no
quería cometer errores, ni uno solo. En casos como este no conviene, lo sabes.
Mejor más que menos, ¿entiendes lo que digo?
¿Seguimos esperando las bebidas? ¿Qué le pasa al
mesero? Y el ruido sigue, ¡qué desesperante! Al parecer venimos a mala hora.
Normalmente son rápidos y cautelosos.
Ah, cierto, ¡la historia! Él bebió su Coca-Cola, como
si nada, agradeciéndome despectivamente por llevarle el vaso.
¿Cómo terminé viviendo con él? Ni yo misma lo sé, algo
en su mirada de perro lazarillo me atrajo y al principio no era así, no creí
que fuera a cambiar. Cuando lo conocí era todo sonrisas y trajes elegantes,
llegamos a salir un par de veces. Pero me engañó, nunca imaginé que detrás de
eso se encontrara la esencia de la escoria humana.
Sí, me equivoque, pero ya no más, han quedado saldadas
las cuentas, desde el primer trago que dio todo había terminado. Como te dije,
debiste ver su cara. Parecía ahogarse y pedir clemencia.
Sorpresa, sí, eso era. ¿Te lo mencioné antes? Quería
sorprenderlo, ésta tonta lo había matado y él ni siquiera lo había sospechado.
¡Vaya! Los cafés, ya era hora.
Sigamos con su cara. Me quedé ahí, mirándolo, sus ojos
de desconcierto me daban bastante risa. Me reí, sí, a carcajadas. Ahí entendí
que no estaba loca, no. Alguien tan tremendamente alegre no podía estar loco.
¿No crees? Anda, bebe tu café. Ya casi termino, no te preocupes, pero ¿me estás
entendiendo? Espero que sí.
No sé si pasaron horas, o minutos, o segundos. Después
de reírme me quedé ahí parada, con la sonrisa más grande que puedas imaginarte,
y regresé a estudiar. Terminé todo, los ensayos, los cuestionarios, tenía
tiempo para más, pero decidí dormir. Tranquilizarme un rato y darme un premio
de ocho horas de sueño.
¿Qué hice con el cuerpo? Lo dejé ahí, tirado, no
pensaba limpiar la mierda que Dios había decidido cagar frente a mí. Así se
quedó como por dos días. Después empezó a oler mal, terrible, la espuma
blanquecina que había salido de su boca ya era una mancha amarilla en su cara y
el sillón, y su piel era pálida, como de papel. Decidí arrojarlo por el ducto
de la ropa sucia del edificio.
Nunca salía, por lo menos no de día, dudo que alguno
de los otros inquilinos supiera de su existencia, así que yo quedaba impune. No
sospecharían. Quizás el casero, después de todo, el contrato estaba a su
nombre.
De todas maneras, no me importó. Lo arrojé, que los
oficiales se encargaran de él, no era más mi problema. Yo era libre, podía
vivir bien, en paz, como merecía. Después de eso te llamé, necesitaba contarle
a alguien mi hazaña y aquí estamos, ¿Qué te parece? Anda, habla.
¿Que cómo puedo estar tan tranquila y feliz después de
realizar algo tan mórbido? Sencillo. Ya te lo dije, te lo llevo explicando
desde que me senté a confesarte el crimen. ¿Me estabas escuchando? ¡Calma! ¿Por
qué te asustas? Anda, bebe, más café.
En fin, eso fue todo, te dije que mi historia sería
rápida. Lo maté y me deshice vulgarmente de él, ya había gastado demasiados
esfuerzos y neuronas en planear el asesinato como para preocuparme por
nimiedades como esas, ¿No crees?
Me pregunto si ya lo habrán descubierto… Da igual, ya
no estaré aquí, decidí irme. No te diré a donde, aunque imagino que dentro de
poco no importará si sabes o no de mi paradero. ¿Por qué? Ya lo verás, sólo
relájate.
Me topé con un problema: me sobró algo de cianuro.
Robé de más y ni dándole una dosis extremadamente alta logré terminármelo. Y
ahora que me voy -ya dije que me iría de viaje, todos lo saben, incluyéndote,
sólo que tú sabes el motivo- no podía permitir que lo encontraran en el
departamento.
¿Más azúcar? ¿Crema? Vale, yo lo preparo, tú cálmate y
respira. Es el final de mi relato. Lo único bueno del ruido es que no me
escuchan, el clic clac clash de los tenedores y cucharas
contra los platos y tazas ahogan nuestras voces. Es perfecto, por eso te cité
aquí. Listo, azúcar y crema, bebe deprisa que mi tren saldrá dentro de poco.
Fue fácil ingeniármelas para deshacerme del excedente,
me acordé de ti, sabía que tú me ayudarías a desaparecerlo. ¿Por qué esa cara?
Respira, ¿no puedes?
¿Terminaste tu café?

Me das miedo
ResponderEliminarY creo que tienes una obsesión con el café, pero buen escrito!
ResponderEliminarPffff claro q me gusta (: pero por q tiene q ser asi??? O.o
ResponderEliminarAsí cómo?
ResponderEliminarme encanto gracias
ResponderEliminarExquisito...
ResponderEliminarLo leo y lo vuelvo a leer y cada vez siento una excitación en cada palabra, te siento a ti relatandomelo y siempre que lego al final ese nudo en la garganta
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