25.8.11

Distimia.








Llegas tarde, el día de hoy mis minutos son más limitados que de costumbre. No pongas esa cara, tú también vives con prisa, aquí es normal, aquí donde todos pretendemos estar bien para después procrear ojeras con el insomnio mientras peleamos con nuestros demonios.




Ahora calla y escucha con atención, te estoy confesando lo que hice. Grábatelo. Si quieres escríbelo. Acúsame, yo ya cumplí mi cometido.

Sé que el estrés es habitual en los estudiantes, y lo detesto. Despertar todos los días con el único propósito de estudiar y trabajar para pagar las deudas es deprimente. Surgen dudas, te preguntas si vale la pena todo esto, los malos tratos, las patéticas propinas y nóminas de unos cuantos centavos.

De cualquier manera, mantengo la calma, nunca pasa nada. ¿No es así como funciona? ¿No es así como nos educan a todos? Darle la cara hipócrita al mundo y seguir con la rutina. ¡Bah! Nadie puede vivir así por siempre y no perder la cordura. Es sencillamente imposible, guardarse cosas por tanto tiempo tiene consecuencias, empiezas a comportarte de manera poco común. Pierdes la memoria y te ves rodeada de acontecimientos extraños.

Estoy perdiendo la cabeza. Hace años que no me sentía así, desde que dejé de asistir a las citas con mi terapeuta y de tomar las pastillas que me daba. No me juzgues, pero cada que salía de ese consultorio me sentía más muerta que viva, como si se burlara de mis problemas y se la pasara haciendo dibujos en su libreta. Según él, sufría de algún extraño tipo de depresión, ¡me dijo enferma! No pensaba pagarle a alguien para escuchar más insultos. De cualquier manera, no podía costearlo, ni a él ni a sus estúpidas drogas.

No, no fue la ausencia de terapia lo que me hizo reaccionar así, fue mi compañero de cuarto, él tenía la culpa; no me dejaba dormir y mi compulsión por complacerlo me impedía enfrentarlo. Cobarde, sí, no me jodas más tú también. Lo único que quería era que el estúpido dejara de arrojarme su pútrido vaho a la cara con cada uno de sus gritos.

Más café, más café, más café. ¿Dónde está el mesero? Por supuesto que con tanto ruido de tazas y platos y cuchillos no escuchará mis reclamos. ¿Lo oyes? Es desesperante. Como la música que él escuchaba. Por ser mujer me creía tonta y miedosa, por eso quise sorprenderlo.

Sí, lo maté ¿y qué? Tú hubieras hecho lo mismo, te lo aseguro. Los tornillos se deslizan lentamente de la cabeza cuando intentas terminar un ensayo de veinte páginas sobre política industrial y la única inspiración que el mundo brinda es el gemido de la putita personal de ese tarado. Era así todas las noches, llegaban de no sé qué lugar y follaban hasta la madrugada mientras yo intentaba terminar la tarea.
Debiste ver su cara cuando el cianuro comenzó a hacer efecto. Ah, ¿no te lo había dicho? Lo asesiné con cianuro, eso y más se merecía. Y mi trabajo me costó conseguirlo, pero fui paciente y actué con cautela. El laboratorio de la escuela, ésa fue la clave. Después de cierta hora los guardias son más descuidados y, ya te imaginarás el resto de la historia.

¿Por qué me miras así? No te asustes. Era él el problema. Punto. Basura humana, así de sencillo.

Regresemos al cianuro. Lo puse en su Coca-Cola, la que siempre me pedía… No, mejor dicho, me exigía que le llevara mientras su trasero reposaba cómodamente sobre el sillón que yo misma compré. Como fuera, decidí acelerar el proceso. Puse más de la dosis que creía necesaria, por si acaso, no quería cometer errores, ni uno solo. En casos como este no conviene, lo sabes. Mejor más que menos, ¿entiendes lo que digo?

¿Seguimos esperando las bebidas? ¿Qué le pasa al mesero? Y el ruido sigue, ¡qué desesperante! Al parecer venimos a mala hora. Normalmente son rápidos y cautelosos.

Ah, cierto, ¡la historia! Él bebió su Coca-Cola, como si nada, agradeciéndome despectivamente por llevarle el vaso.

¿Cómo terminé viviendo con él? Ni yo misma lo sé, algo en su mirada de perro lazarillo me atrajo y al principio no era así, no creí que fuera a cambiar. Cuando lo conocí era todo sonrisas y trajes elegantes, llegamos a salir un par de veces. Pero me engañó, nunca imaginé que detrás de eso se encontrara la esencia de la escoria humana.

Sí, me equivoque, pero ya no más, han quedado saldadas las cuentas, desde el primer trago que dio todo había terminado. Como te dije, debiste ver su cara. Parecía ahogarse y pedir clemencia.

Sorpresa, sí, eso era. ¿Te lo mencioné antes? Quería sorprenderlo, ésta tonta lo había matado y él ni siquiera lo había sospechado. ¡Vaya! Los cafés, ya era hora.

Sigamos con su cara. Me quedé ahí, mirándolo, sus ojos de desconcierto me daban bastante risa. Me reí, sí, a carcajadas. Ahí entendí que no estaba loca, no. Alguien tan tremendamente alegre no podía estar loco. ¿No crees? Anda, bebe tu café. Ya casi termino, no te preocupes, pero ¿me estás entendiendo? Espero que sí.

No sé si pasaron horas, o minutos, o segundos. Después de reírme me quedé ahí parada, con la sonrisa más grande que puedas imaginarte, y regresé a estudiar. Terminé todo, los ensayos, los cuestionarios, tenía tiempo para más, pero decidí dormir. Tranquilizarme un rato y darme un premio de ocho horas de sueño.

¿Qué hice con el cuerpo? Lo dejé ahí, tirado, no pensaba limpiar la mierda que Dios había decidido cagar frente a mí. Así se quedó como por dos días. Después empezó a oler mal, terrible, la espuma blanquecina que había salido de su boca ya era una mancha amarilla en su cara y el sillón, y su piel era pálida, como de papel. Decidí arrojarlo por el ducto de la ropa sucia del edificio.

Nunca salía, por lo menos no de día, dudo que alguno de los otros inquilinos supiera de su existencia, así que yo quedaba impune. No sospecharían. Quizás el casero, después de todo, el contrato estaba a su nombre.

De todas maneras, no me importó. Lo arrojé, que los oficiales se encargaran de él, no era más mi problema. Yo era libre, podía vivir bien, en paz, como merecía. Después de eso te llamé, necesitaba contarle a alguien mi hazaña y aquí estamos, ¿Qué te parece? Anda, habla.

¿Que cómo puedo estar tan tranquila y feliz después de realizar algo tan mórbido? Sencillo. Ya te lo dije, te lo llevo explicando desde que me senté a confesarte el crimen. ¿Me estabas escuchando? ¡Calma! ¿Por qué te asustas? Anda, bebe, más café.

En fin, eso fue todo, te dije que mi historia sería rápida. Lo maté y me deshice vulgarmente de él, ya había gastado demasiados esfuerzos y neuronas en planear el asesinato como para preocuparme por nimiedades como esas, ¿No crees?

Me pregunto si ya lo habrán descubierto… Da igual, ya no estaré aquí, decidí irme. No te diré a donde, aunque imagino que dentro de poco no importará si sabes o no de mi paradero. ¿Por qué? Ya lo verás, sólo relájate.

Me topé con un problema: me sobró algo de cianuro. Robé de más y ni dándole una dosis extremadamente alta logré terminármelo. Y ahora que me voy -ya dije que me iría de viaje, todos lo saben, incluyéndote, sólo que tú sabes el motivo- no podía permitir que lo encontraran en el departamento.

¿Más azúcar? ¿Crema? Vale, yo lo preparo, tú cálmate y respira. Es el final de mi relato. Lo único bueno del ruido es que no me escuchan, el clic clac clash de los tenedores y cucharas contra los platos y tazas ahogan nuestras voces. Es perfecto, por eso te cité aquí. Listo, azúcar y crema, bebe deprisa que mi tren saldrá dentro de poco.

Fue fácil ingeniármelas para deshacerme del excedente, me acordé de ti, sabía que tú me ayudarías a desaparecerlo. ¿Por qué esa cara? Respira, ¿no puedes?

¿Terminaste tu café?


7 comentarios:

  1. Y creo que tienes una obsesión con el café, pero buen escrito!

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  2. Pffff claro q me gusta (: pero por q tiene q ser asi??? O.o

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  3. Lo leo y lo vuelvo a leer y cada vez siento una excitación en cada palabra, te siento a ti relatandomelo y siempre que lego al final ese nudo en la garganta

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